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Capital e Ideología. Thomas Piketty. Deusto. Barcelona. Diciembre 2019

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Cultura


Capital e Ideología. Thomas Piketty. Deusto. Barcelona. Diciembre 2019

“Los fallos más destacados de la sociedad económica en la que vivimos son su fracaso en proporcionar pleno empleo y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y de las rentas” escribía Keynes en la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero de 1935.
La cuestión de la desigualdad, elemento clave del sistema socioeconómico y de la calidad de vida de las personas fue ya tratado por Piketty en el Capital del Siglo XXI, su anterior libro, con el que Capital e Ideología tiene una estrecha conexión. El profundo estudio de la desigualdad desde finales del siglo XIX hasta la actualidad puede considerarse claramente como una continuación de su anterior trabajo.
La importancia de historia reciente desde finales del siglo XIX podemos verla con la perspectiva del tiempo. Las famosas “contradicciones internas” del capitalismo sí llegaron como consecuencia del enfrentamiento de los imperios coloniales, y evitaron su desmoronamiento con unos cambios socioeconómicos muy importantes, que consistieron básicamente en un nuevo reparto del gasto público radicalmente diferente al conocido hasta entonces, así como un aumento considerable de los niveles impositivos del capital.
Los altos niveles de desigualdad en la época de esplendor del colonialismo europeo, que coinciden con las más altas concentraciones de propiedad de la historia, van a sufrir un colapso histórico como consecuencia de los enfrentamientos armados por la hegemonía política y económica, y el miedo a los cambios revolucionarios que se producían en algunos países, no sólo en Rusia, sino en la propia Alemania.
Entre 1914, comienzo de la primera guerra mundial, y la capitulación del Reich en 1945, se produce un colapso económico del capitalismo conocido hasta entonces que modificaría su estructura profundamente hasta la vuelta a principios neoclásicos a finales del siglo XX y principios del XXI. Y aún así, el resurgimiento de la desigualdad de rentas y la concentración actual de riqueza tiene otros componentes diferentes de los de hace casi cien años.
Los largos años de la primera guerra mundial, el periodo de entreguerras y la hecatombe final de la segunda guerra, hicieron retroceder los niveles de riqueza que tenían antes de 1914 las clases propietarias. De hecho, la razón es simple, fueron las más afectadas por la destrucción de ciudades en Europa en mucha mayor medida de quienes tenían pocas propiedades o ninguna.
Al mismo tiempo el descontento popular, y los intentos insurreccionales que se dieron en los antiguos imperios centrales a partir de 1918, forzaron a los gobiernos europeos a destinar importantes cantidades presupuestarias a gasto social, al tiempo que intentaban impedir por medios militares la consolidación del régimen revolucionario ruso.
El aumento de los tipos impositivos sobre la renta, el patrimonio o las sucesiones por herencia pasaron de niveles insignificantes antes de 1914 a suponer niveles superiores al 70 y el 80% en el tipo marginal.
El pánico desatado por la revolución rusa y los intentos acallados por la fuerza en países occidentales, obligaron a la clase dominante a ceder parte de su nivel hegemónico. Era mejor compartir parte de la propiedad a perderla en un acto revolucionario.
En los años posteriores a la primera guerra, la mayor parte de los estados de Europa occidental generalizaron el sufragio universal, así como una serie de derechos sociales y civiles de los trabajadores que unos años antes eran impensables.
Derechos y acciones que incluyeron la participación en la dirección de empresas como se inició en Alemania en los años veinte, y se consagró después de la segunda guerra mundial también en otros países principalmente nórdicos.
Incluso en Estados Unidos, el esfuerzo de guerra supuso en los años cuarenta llegar a un tipo impositivo marginal del 90% en el impuesto de la renta. Después de 1945, el malestar acumulado de los años de guerra y la presión de importantes partidos socialistas y comunistas que habían llevado el peso de la resistencia antinazi, y de las centrales sindicales, siguieron impulsando el gasto social, las nacionalizaciones en sectores económicos fundamentales, así como la extensión de la educación generalizada a toda la población.
Hasta los años 80 esta actividad económica y política se conocería como el estado del bienestar, que tanto partidos de corte conservador, democratacristianos, laboristas o socialdemócratas respetaron.
Sin embargo, algo se rompió en los años ochenta y noventa en los que las políticas socialdemócratas eran menos efectivas, y donde la caída del desastroso modelo soviético impulsó a recuperar el terreno perdido a los neoclásicos de la antigua escuela de Viena que habían estado esperando pacientemente su momento.
Partidarios de las privatizaciones masivas y de la disminución del gasto público que en esos años impulsaron los partidos conservadores, situación a la que los partidos socialdemócratas ofrecieron poca resistencia, cuando no su total colaboración como pasó  en España.
Posiblemente, y visto con la perspectiva histórica, la socialdemocracia no supo evolucionar el modelo haciéndolo más participativo e innovador, modificando las formas de propiedad que lo diferenciara del modelo capitalista clásico.
Incluso en los gobiernos de coalición de izquierdas franceses de 1981 y 1984 emplearon políticas clásicas de nacionalizar grandes empresas, pero sin hacer partícipes  a los trabajadores de los procesos productivos y de toma de decisiones.
En ese sentido las grandes corporaciones dirigidas por burócratas profesionales tenían algunas semejanzas con las rígidas empresas soviéticas, donde la aportación de los trabajadores brilló  siempre por su ausencia.
La socialdemocracia modificó  la apariencia del sistema, pero se quedó solo en la primera fase, lo que ya fue importante históricamente, pero no llego a profundizar en la participación de los trabajadores en la toma de decisiones, cuando en algunos países ya se había avanzado en ese sentido, ni tampoco en innovar formas de diferentes de propiedad.
Sin embargo, no solamente no llegaron a continuar su evolución, sino que retrocedieron en políticas sociales y de distribución de rentas hasta la situación actual. El continuo fracaso de los partidos socialdemócratas en las últimas décadas esta posiblemente motivado a su evidente renuncia a profundizar en cambios sociales y económicos que continuaran desarrollando el estado del bienestar.
Perdido el impulso transformador posterior a 1945, no se supo dar continuidad a las transformaciones necesarias que debían haber afectado al concepto de propiedad, sus diferentes formas de gestión colectiva en un ámbito económico cada vez más global que superara la idea obsoleta de estado-nación.
Incluso la Unión Europea, entonces CEE, estuvo trabajando en los primeros años setenta en modelos de participación de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas de un cierto tamaño, cuestión totalmente fuera de lugar hoy en día en una comunidad europea vinculada sin ningún tipo de escrúpulos a los grupos de presión multinacionales y a un liberalismo económico de ortodoxia presupuestaria.
El episodio del sometimiento griego en 2016 es un ejemplo claro de cómo se las gastan en el Eurogrupo, suerte de gobierno europeo que no tienen ningún refrendo electoral, ni vínculo con el parlamento europeo, lo que muestra el escaso nivel democrático de una Unión Europea cohesionada desde el punto de vista monetario, pero desde el lado fiscal o social.
En ese sentido el sustantivo democracia vuelve a adquirir en la actualidad su aspecto más esencial, la participación ciudadana en los procesos de gestión de la sociedad, que incluye la toma de decisiones sobre los niveles de gasto público de las administraciones en función de prioridades establecidas.
Y ello se puede producir en varios ámbitos o escalas nacionales, regionales o locales, en las empresas o en las actitudes frente al cambio climático. La nueva participación ciudadana en la gestión económica y política de la sociedad debe ser diversa como lo es la propia comunidad. Este es un aprendizaje importante de la historia reciente donde los comportamientos estancos y rígidos no encajan en una sociedad abierta y plural.
El aumento de la desigualdad y la concentración de riqueza de las últimas décadas obedece a múltiples factores que tienen como denominador común en la izquierda europea la falta de objetivos estratégicos a medio y largo plazo. La gestión de la propiedad, la participación de los trabajadores en las tomas de decisiones, los aspectos fiscales progresivos y una nula gestión de la globalización son las carencias más comunes de la otrora potente socialdemocracia europea en los últimos cuarenta años.
La falta de posicionamiento y gestión conlleva dar paso libre al neoliberalismo extremo, del que la Unión Europea está siendo también un cómplice importante.
Las propuestas electorales del partido laborista británico en 2019 pueden sonar radicales en el actual contexto, y de hecho lo son en mucha mayor medida que las propuestas del conjunto de la izquierda española, pero no son muy diferentes de las desarrolladas durante el periodo óptimo del estado del bienestar anterior a la desregularización económica.
Nacionalizar grandes empresas de servicios, impulsar la devaluada participación sindical en la economía o aumentar sensiblemente los impuestos a los niveles altos de renta y patrimonio no deja de ser una política clásica igualitaria que ya mostro sus limitaciones, si no se le introducen elementos innovadores y de cambio real como formas imaginativas de participación laboral en la toma de decisiones para evitar una jerarquización elitista y distante.
En círculos neoliberales señalan que la disminución de la desigualdad lastra el emprendimiento empresarial al tener que pagar más impuestos. Ello no es cierto históricamente, los países nórdicos, por ejemplo, con unas tasas de desigualdad muy inferior al resto del mundo han sido ejemplares en los niveles de desarrollo económico y de niveles de productividad.
Igualmente, la participación de los trabajadores en órganos de gestión económica de las empresas nórdicas, alemanas o austriacas no ha impedido que sean punteras en todo el mundo. Sólo han pasado unas décadas y ya no recordamos los tipos impositivos que teníamos en los años ochenta. La práctica eliminación del impuesto de sucesiones en algunas regiones españolas se ha convertido en un discurso sin sentido para la mayor parte de la población que no tiene ni de lejos la posibilidad de heredar más de un millón de euros per cápita, limite impositivo en algunas comunidades autónomas.
Los únicos niveles económicos beneficiados son aquellos que tienen un volumen patrimonial importante, lo que excluye a la gran mayoría de los ciudadanos.
La combinación de políticas fiscales progresivas con tasas marginales adecuadas en renta, patrimonio y sucesiones, la delimitación de formas alternativas a la propiedad privada actual, la participación de los trabajadores en los órganos de decisión de las empresas, así como el control estricto de la globalización económica y de los paraísos fiscales, pueden ser las formas que deben distinguir una alternativa socialista democrática.
Estas estructuras son muy diferentes que las que desarrollaron en la URSS de forma catastrófica y que condujeron a situaciones no sólo de vejación de los derechos civiles, sino imposibles de racionalidad y coherencia económica. Y que además terminaron con un país de hechuras continentales abrazado al neoliberalismo más radical y donde las desigualdades económicas son más elevadas.
Lenin, en su mentalidad sectaria e iluminada, no tenía muchas ideas de cómo impulsar una sociedad socialista. Ciertamente había pocas muestras de cómo se podía transitar por esa senda a nivel económico más allá de algunas reflexiones marxistas clásicas o de los socialistas fabianos que constituyeron la London School of Economics a finales del siglo XIX.
Sin embargo, sí tenía una imagen más configurada de la sociedad civil desde la Comuna de 1871 como ejemplo de participación democrática, que disolvió rápidamente al anular la Asamblea Constituyente de enero de 1918 que apenas le había deparado el 25% de los votos frente a la mayoría del partido socialista revolucionario.
Cómo sobrevivió la Unión Soviética setenta años no deja de ser todavía un motivo de sorpresa y de investigación, en la que sin duda la acción represiva extrema y el exterminio de millones de personas por el hambre o por acciones violentas tuvo una importancia decisiva.
Pero la cuestión desde un punto económico es cómo fue posible estatalizar el conjunto de actividades económicas, desde las grandes empresas a pequeñas producciones agrícolas o a establecimientos comerciales familiares o individuales. Es difícilmente comprensible el valor público de un quiosco de bebidas gestionado por un funcionario.
Solo el ánimo de ejercer un control total para atemorizar a cualquier tipo de disidencia puede ser una aproximación, aunque sin ningún sentido, a este tipo de actuación económica que cercenó la distribución de bienes y servicios que sólo el mercado con todos sus defectos puede ofrecer.
La sociedad soviética no supo desde un principio calibrar la organización económica y social de una población compleja y diversa, que nunca puede funcionar por una reducida gama de opciones que limite las aspiraciones humanas.
Si en lugar de utilizar la brutalidad social y económica hubiesen impulsado un socialismo participativo y descentralizado donde la idea de igualdad hubiese incluido las habituales diferencias que una sociedad tiene en sus anhelos y deseos, quizá la historia hubiese sido diferente. Ni siquiera el abrupto final de la NEP que había mejorado las nefastas condiciones de vida del comunismo de guerra fue apenas cuestionado a la muerte de Lenin.
La naturaleza humana se ha distinguido históricamente en su capacidad de innovar y asimilar las condiciones cambiantes de su entorno. Funciona como un metabolismo como no puede ser de otra manera con sus entradas y salidas de ideas y recursos.
De todas las experiencias del último siglo, que sin duda han sido numerosas, cabe sacar la idea de que una sociedad más participativa es posible superando el viejo capitalismo desigual y el terrible modo soviético. Es posible armonizar propiedades privadas de tamaño razonable con grandes propiedades privadas y públicas participadas por los trabajadores en la toma de decisiones.
Un sistema fiscal progresivo puede reducir la desigualdad y ser al mismo tiempo eficiente como han mostrado los países nórdicos. La coordinación de la globalización conlleva un sistema fiscal homogéneo que deje al mismo tiempo fuera de lugar los paraísos fiscales.
Los cambios socioeconómicos producidos después de 1914 en occidente y por ende en el resto de los continentes se pudo asimilar casi a un cambio de civilización, donde se rompe de manera brusca con una cultura profundamente establecida (cuyo mejor ejemplo es el final del imperio romano de occidente y la entrada en el medievo).
Un siglo después, junto a los problemas heredados de una desigualdad creciente que ocasiona disfunciones importantes en el sistema y en la calidad de vida de las personas, los grandes retos de cambio climático se presentan como la necesidad de un cambio sustancial en la forma de enfocar el estilo de vida, y que como en 1914 ya nunca será igual. En el mejor de los casos se podrá realizar una adaptación difícil y costosa, pero en el caso que los retrasos en impulsar medidas urgentes continúen, el cambio brusco que significa una civilización será una evidencia.

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