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En la espiral de la tecnocracia. Jürguen Habermas. Trotta editorial. Madrid 2016

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Cultura


En la espiral de la tecnocracia. Jürguen Habermas. Trotta editorial. Madrid 2016

Es realmente sorprendente la vitalidad y la lucidez de este hombre de casi 90 años que ha conocido no solo la complejidad del siglo XX, si no las primeras décadas del XXI que tiene poco parecido con la vida futura que nos esperaba en los primeros debates de la Escuela de Francfort, inaugurada poco antes del nacimiento del pensador alemán que en la actualidad es el representante histórico más conocido del actual instituto de investigación.

En un libro desigual en el que trata varios temas, muy interesante el de los judíos alemanes que vuelven después de la guerra, las cuestiones relacionadas con la actual Europa y su necesidad de renovación total son las de mayor interés de esta edición de los llamados “pequeños escritos”.

La actual crisis europea de acuerdo con Habermas es básicamente una crisis de representación ciudadana. El abandono, prácticamente irreversible porque la historia no retrocede, de los estados nación hacia una comunidad suprenacional que nombra sus propios órganos de gestión, la Comisión Europea o el Banco Central por ejemplo, sin atenerse a ninguna participación de los ciudadanos, motiva directamente el rechazo en amplios sectores de la población que no tienen forma de revocar electoralmente los poderes constituidos.

El panorama político clásico de derecha-izquierda, ambas comedidas y pertenecientes al establishment, se ha roto con la aparición de los euroescépticos tanto de derecha como de izquierda o de ultraliberales o de nacionalistas irredentos. Las disconformidades con el sistema europeo no nacen sin razones, el brexit no se produjo en la cosmopolita Londres, sino en los condados rurales y en las ciudades medias donde las continuas crisis económicas y sociales han dejado un descontento importante. Y como sabemos no solo sucede esta situación en el Reino Unido.

La respuesta al euroescepticismo es básicamente tecnocrática y liberal para apostar por una Europea con mayor unión monetaria y económica, una solución cada vez más enclaustrada en su torre de marfil. Únicamente los cada vez menos numerosos representantes de la sociedad del bienestar, los eurodemócratas pretenden impulsar reformas de gran calado que sean atractivas para la población, y renueven el compromiso democrático en la elección de los órganos de decisión europeos.

Evidentemente esta oportunidad, que tiene una necesidad acuciante, no es bien vista por los actuales poderes europeos que hace años formalizaron su integración en los dispositivos económicos de mayor influencia en el continente. Bruselas hace años que dejo de ser un gobierno equilibrado para situarse en un lado de la mesa de los intereses económicos y financieros, no en balde el número de personas que trabajan en compañías de lobbys en la capital europea supera al de empleados públicos de la Comisión, que tampoco son pocos.

En este sentido el creciente euroescepticismo tiene una razón de ser en la actual deriva antidemocrática de la política europea. Los ciudadanos votan a sus representantes nacionales que eligen un gobierno que tiene un margen muy limitado de actuación antes las reglas comunitarias. Pero a su vez estas reglas son impuestas por órganos que no han sido elegidos democráticamente y que además no tienen ninguna obligación de dar explicaciones sobre sus actuaciones. Unicamente el parlamento europeo es elegido por los ciudadanos, aunque su cometido cotidiano no tenga apenas importancia en los aconteceres europeos.

Incluso en los momentos más tensos de la última crisis económica, ni siquiera la Comisión Europea actuó como ente, si no que fueron algunos países como Alemania los que llevaron la voz cantante como en la lamentable experiencia griega de 2015.

“ A una tecnocracia democráticamente desarraigada le faltan tanto el poder como el motivo para tener en cuenta de manera satisfactoria las exigencias formuladas por el electorado acerca de justicia social, seguridad de estatus, servicios públicos y bienes colectivos en caso de conflicto con los requerimientos sistemáticos de la capacidad de competencia y el crecimiento económico”.

En una crisis económica más parecida a una recesión de largo plazo, las instituciones directoras europeas han insistido hasta la saciedad, pese a los continuos fracasos de su política, en la necesidad de déficits irrisorios (el 0,5% para 2020) para países con problemas como Italia, España, Grecia o Portugal, y todo ello por las modificaciones imperativas que hubo que hacer de manera urgente en las constituciones de los estados miembros. Modificaciones que no tuvieron ningún tipo de debate, y ni mucho menos un referendo en las urnas.

En esta situación es difícil pensar que se pueda regular nuevas formas de participación democrática ante las que la tecnocracia europea va a estar advertida, y no va a ceder fácilmente ante sus privilegios y también ante sus compromisos con el establishment. La complejidad de los problemas y situaciones de una Europa que creció demasiado rápido a partir de la base común de los antiguos 15, no tiene una solución fácil, e incluso puede que sea imposible. Como en muchos momentos históricos entre dos partes enfrentadas, la tercera parte razonable tiene poco espacio de supervivencia. Entre las corrientes neoliberales y tecnócratas,  y los euroescépticos, nacionalistas o xenófobos, el margen eurodemócrata es cada vez más limitado. M4

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