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El lector decadente. Baudelaire, Gautier, Hysmans, Mirbeau, Bloy, Wilde, Crowley. Selección y prefacios de Jaime Rosal y Jacobo Siruela. Atalanta. Girona. 2017

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Cultura


El lector decadente. Baudelaire, Gautier, Hysmans, Mirbeau, Bloy, Wilde, Crowley. Selección y prefacios de Jaime Rosal y Jacobo Siruela. Atalanta. Girona. 2017

El decadentismo, situado aproximadamente entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX no es un estilo literario determinado, ya que eran diversos lo que se reunían con una forma de pensar similar respecto a una sociedad y unas formas de gobierno que consideraban caducas. La historia se repite, no solo dos veces, ni en forma siquiera de farsa. El “18 brumario” de Carlos Marx recordaba tan claramente que el capital financiero estaba detrás de la crisis especulativa de 1870, que parecía escrito en otoño de 2008, aunque la literatura contemporánea no tuviese la lucidez y el sentido del humor de la escrita por el alemán un siglo antes. Con el decadentismo sucede algo parecido, en el que se considera su manifiesto inicial  de Anatole Baju y Luc Vajarnet en el editorial del primer número de Le Décadent (1886):“Disimular el estado de decadencia al que hemos llegado seria el colmo de la insensatez. Religión, costumbres, justicia, todo se desmorona, o mejor: todo sufre una transformación ineludible. La sociedad se descompone bajo la acción corrosiva de una cultura delicuescente. El hombre moderno esta hastiado. Refinamiento de apetitos, de sensaciones, de gustos, de lujos, de placeres; neurosis, histeria, hipnotismo, morfinomanía, charlatanería científica, schopenhaurismo a ultranza: tales son los patrones de la evolución social. Sobre todo es en la lengua donde se manifiestan los primeros síntomas. A necesidades nuevas corresponden ideas nuevas, infinitamente sutiles y matizadas, y la necesidad de crear palabras inéditas para expresar tal complejidad de efectos y sensaciones fisiológicas. Solamente nos ocuparemos de este proceso desde el punto de vista de la literatura. La decadencia política nos deja fríos. Por lo demás, esta avanza en su propio tren movido por esa secta de políticos cuya aparición sintomática era inevitable en estas horas exangües. Nos abstendremos de la política como de una cosa idealmente infecta y abyectamente despreciable. El arte no tiene partido; de hecho, es el único punto de integración de todas las opiniones. Es el arte del que vamos a ocuparnos; lo seguiremos en todas sus fluctuaciones. Dedicaremos esta publicación a las innovaciones venenosas, a las audacias estupefacientes, a las incoherencias, a las treinta y seis atmosferas en el limite mas comprometido de su compatibilidad con las convenciones arcaicas. Etiquetadas bajo el nombre de moral publica. Seremos las divas de una literatura prototípica, precursores del transformismo latente que carcome los estratos superpuestos del clasicismo, del romanticismo, del naturalismo; en una palabra, seremos los profetas clamando por siempre el credo elixirizado, el verbo quintaesenciado del decadentismo triunfante”. Paul Valery señalaba en una carta a Pierre Louÿs en 1890 “decadente para mi quiere decir artista urtrarrefinado, protegido por una lengua sana contra el asalto de la vulgaridad”. La decadencia como sustantivo fue asumido como adjetivo de forma consciente, saliendo al paso de lo que en un principio era una denominación peyorativa. Si, somos decadentes, lo sumimos como bandera! venia a decir Felicien Champsaur. Jaime Rosal realiza la selección de los escritores franceses, más numerosos, incluso relevantes, que los ingleses. No era una selección fácil pero esta realizada con sumo cuidado, de forma que por ejemplo los capítulos II y IV de “a contrapelo” de Huysmans te sitúen perfectamente en el ambiente del libro, siempre con la opción de leerlo entero. En el caso de los relatos breves como el divertido “la húmeda paja de la mazmorra” de Jean Richepin la situación es mas cómoda. La decadencia romana sobrevuela esta forma de comportamiento cultural, de forma similar como para nosotros tenga quizá un paralelismo la generación del 98. Las drogas y psicotrópicos juegan también una posición común entre los decadentes, aunque algunos, básicamente británicos como señala en la segunda parte Jacobo Siruela, se arrepientan de sus excesos y les den arrebatos religiosos y beatíficos. Pero son lo menos, lo que perdura de los decadentes son sus excelentes textos literarios, su absoluta modernidad, y su sonora burla de las formas sociales de la época. En la parte británica del libro, más rebuscada, aparecen menos autores que en la francesa, incluso poco conocidos con la excepción de Oscar Wilde de quien se reproduce la conocida “Salome, una tragedia en un acto” con traducción de Pere Gimferrer. Compilación bella y amable, muy cuidada con fotografías y dibujos que se deja leer con gusto. M4

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