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Enrique Benítez. Economista

OMAU - Málaga

Cultura


Sticky Fingers
Relatos de los mares del sur
Strangers than Paradise

Enrique Benítez. Economista

Un libro, un disco y una película

(casi una biografía)

Hubo un tiempo en este país en el que las familias eran más numerosas –y revoltosas- y los hermanos no tenían más remedio que compartir habitación. En mi casa disponíamos de cuatro dormitorios: uno para mis padres, otro para mi tía Anichi, hermana de mi madre, soltera, y que nos ha acompañado toda la vida; un tercero para mis dos hermanas, y el cuarto para los dos hijos varones.

Tuve la suerte de ser el pequeño de la familia. Y digo suerte porque cuando eres el hijo pequeño tus referentes no son tanto tus padres como tus hermanos mayores. Ellos nacieron en la segunda mitad de los cincuenta del siglo pasado y yo muy cerca de los setenta, así que viví un largo proceso de estimulación precoz que sin duda tiene que ver con mi forma actual de ver las cosas.

Podemos imaginar a un niño inquieto abriéndose al mundo, y a un puñado de jóvenes estudiantes universitarios allá por 1975. Las habitaciones decoradas con pósters pegados con chinchetas, los discos, las reuniones, las tertulias. En mi caso, un cartel sobre “El sueño de una noche de verano”, según montaje de Lindsay Kemp, otro sobre “La pájara pinta”, de Alberti, y un tercero, inolvidable, de Víctor Jara. Las paredes del cuarto de mis hermanas dejaban entrever, por entre las literas, carteles feministas impresos en tonos violetas y un reivindicativo “Andalucía, levántate y anda”.

Mis hermanos disponían de un penoso tocadiscos comprado en quién sabe qué tristes rebajas. Había una colección de singles de vinilo, escasa pero estimulante. Recuerdo especialmente un tema de Santana (Jingo) y una canción de Los Canarios en la que Teddy Bautista, antes de meterse a recaudador de derechos de autor, cantaba en inglés pero metiendo una cuña en español que decía algo así como “extracto de pollo en lata”. A mis vecinos les pirraba aquella canción y venían a casa de vez en cuando a escucharla y soltar gozosas carcajadas infantiles.

Cuento todo esto porque he elegido un disco, un libro y una película a partir de estas circunstancias, y con cierta nostalgia de aquellos años en los que uno iba descubriendo el mundo quizás con mucha más inocencia con la que el mundo que nos rodea se descubre ahora.

Mi hermano era de los Rolling. Fue a verlos al Vicente Calderón en aquel mítico concierto del 81, cuando parecía que iba a ser la última oportunidad de ver a los Rolling en directo y en España. Quién lo diría. Pero bueno, a lo que iba. En mi casa, en mi habitación, en mi pequeño mundo de camas plegables que exigían cada noche sacar dos sillas al pasillo y arrinconar la mesa de estudio, los Beatles eran marginales. En la estantería donde mi hermano acumulaba sus cintas vírgenes grabadas de la radio y sus cassettes podíamos encontrar algo de Led Zeppelin, algo de Camel, mucho de The Police y, por supuesto, a los Rolling. Exile on main street.

Como disco, he elegido STICKY FINGERS, de sus satánicas majestades. Es un homenaje a ellos y a mi propio hermano, que me permitió escuchar desde pequeño un determinado tipo de música que con toda seguridad no habría descubierto en otras circunstancias. Mucha gente ahora no lo sabe, pero en aquellos años las emisoras de radio emitían íntegras y sin cortes las canciones más demandadas para que cada cual pudiera grabarlas en sus cintas vírgenes con sus anticuados radiocassettes. Y cuando recibía un encargo de mi hermano (“si ponen Walk on the wild side, de Lou Reed, me la grabas”), aquella instrucción adquiría para mí rango de ley en la república casi independiente de nuestro cuarto.

Hasta aquí la música. Podría hablar también de Triana, pero entonces la historia se alargaría demasiado.

Con los libros ocurre otro tanto. El primer libro cuya lectura me desbordó fue “La Colmena”, allá por séptimo curso de la antigua EGB. Me gustó tanto que conseguí que mi cuñada me trajera de su casa “La familia de Pascual Duarte”, igualmente asombroso y fantástico. Luego llegaría Borges y con él la lectura como placer absoluto. Tiempos felices.

Sin embargo, nada comparable a la lectura de Jack London. Yo debía tener entre doce y trece años, y cada principio de mes mi hermano se surtía de libros. Estamos hablando de los primeros ochenta, cuando la oferta en España no era ni de lejos la brutal oferta de hoy en día, y cuando Alianza Editorial arrasaba con sus libros de bolsillo y sus memorables portadas del casi olvidado Daniel Gil.

Así que cuando mi hermano aparecía en casa con su compra mensual allí estaba yo, con mi acné incipiente, ansioso por ver el nuevo cargamento de letras que iba a devorar. Los libritos de Alianza. Las primeras obras de la editorial Siruela, preciosas pero demasiado caras (qué gran colección aquella de La Biblioteca de Babel). Algunos libritos de Bruguera. Y la imprescindible ciencia-ficción de la editorial Martínez Roca.

Un mes, sin avisar, irrumpió Jack London. Sus RELATOS DE LOS MARES DEL SUR, sus extraordinarios aires de libertad, la sensación de estar en otro mundo. No recuerdo mayores momentos de felicidad en aquellos años de transición juvenil que los proporcionados por este autor con sus tormentas, sus huracanes, sus navíos y sus aventuras remotas y electrizantes.

Queda la película. Todo va en orden cronológico. Estamos ya en los ochenta, el acné ha dejado de ser incipiente para ser estable y el bachillerato ocupa por completo mi vida. En Málaga la oferta cinematográfica varía entre la pobreza y la miseria. El cine club universitario ocupa una pequeña sala en el tercer piso de un edificio semiruinoso de la Plaza de la Merced (ahora hay un túnel, homenaje póstumo a los maltrechos cimientos de aquel edificio). Y para ver una película en versión original con subtítulos no había otra opción que el mítico Cine Atlántida.

La política comercial de este cine era bastante curiosa. Perteneciente a los propietarios de las otras salas del centro, hoy cerradas (Astoria, Andalucía, Victoria), el Cine Atlántida dividió su aforo por la mitad en un momento indeterminado de esta historia y pasó a ofrecer una cartelera doble: en una sala, cine porno; en la otra, cine independiente en versión original con subtítulos. Así que si alguien te veía en la taquilla era muy difícil explicar que te gustaban las pelis con letritas.

Corre el año 1984. La mayoría de seres humanos varones que conozco no han dedicado su tiempo, con 15 años, a pensar en el cine de culto. Así que sólo caben dos opciones: o vas con tus amiguitos a ver “Los Locos de Cannonball” o te vas solo por tu cuenta y riesgo a ver lo que te apetece.

Así que las cosas estaban claras. Y en la sala no pornográfica del Atlántida ponían nada más y nada menos que STRANGERS THAN PARADISE, de Jim Jarmusch, en blanco y negro y con subtítulos. Bueno, a partir de ahí llegaron muchas otras tardes de cine solitario y no tan solitario: también vi allí “Laberinto de Pasiones”, estrenada en Málaga con un retraso de dos años, acompañado por mi vecino, admirador incondicional entonces de Almodóvar y Macnamara y metido hoy de lleno en el proceloso mundo de la alta consultoría.

Hasta aquí la selección, con una reflexión nostálgica para terminar. Creo que los jóvenes de mi generación tuvimos mucha suerte. La posibilidad de crecer y descubrir otros mundos en los años ochenta en España, en plena eclosión de la movida, en los años de ruptura y modernización acelerada y asimétrica, supuso una gran oportunidad que está ahí cuando miro atrás y repaso mi (corta) vida. Paloma Chamorro, Radio Futura, Nacha Pop, Almodóvar, Pilar Miró, Ceesepe, García Alix, Ouka Lele, Glutamato Ye-Ye, Gabinete Caligari, Derribos Arias, Kiko Veneno...

Abrir los ojos y encontrar a toda esta gente es algo que no volverá a ocurrir.

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